Un bus, salir…
Recuerdo esa noche en que la imaginación se había apoderado de mí, no pude dormir. Después de un largo, pesado y sudoroso sueño tuve que admitir que no era tan fuerte que, más bien, una fuerte fragilidad constituía todo mi cuerpo, que había soñado mucho, recibido poco y que, ahora, le tenía que poner la cara a un montón de gente con la capacidad de juzgar, pero muy poco de sentir. Me levanté con unas ganas inmensas de quedarme prendida a mis sábanas, de esconderme entre ellas y no salir jamás, pero tenía que seguir con mi vida… sí, con la apariencia de fuerte, de mujer digna y feliz. Lo más difícil fue aparentar una alegría casi hipócrita cuando adentro, aquí adentro, crecía una tristeza inmensa, silenciosa, que nadie escuchaba, una tristeza que iba hacia adentro como una aguja de cirujano torpe.

Me miré al espejo, mis ojos hinchados, mi piel muy blanca. Alguien gritó: Stefany, qué tiene, ¿está enferma? Era la voz de mi mamá, debo verme cansada, pensé. Esa clase de preguntas son las que uno no desea responder, le dije: sí, me siento mal y la conversación terminó ahí, cuando cogí la toalla dispuesta a arreglarme para ir a estudiar. En el fondo quería abrazarla, prenderme como una niña chiquita y contarle que me siento sola, que se aferra a mí un miedo estúpido y un dolor silencioso que a veces me cansa, un dolor parecido al de esas raspaduras que me hacia cuando jugaba en el jardín y no sanaban rápido, solo que, ahora, sé que ni los remedios de la abuela servirán para sanar esta herida que el destino, la vida, o como quieran llamarlo, me había causado.

Acostumbrándome a ese miedo oscuro que me impide actuar, al dolor… miré el reloj, sí, porque mi vida sigue, el tiempo corre, corre las 8:00 en punto, cojo el primer pantalón, la camisa roja para disimular la tristeza, pero antes cerré los ojos, suspiré como cuando llegan los recuerdos, cuando se hacen vivos, se confunden con el presente y se siente uno otra vez en esa vida. Vuelvo a ver mi reflejo en el espejo, así que decidí pintarme una mirada tranquila, una sonrisa a carcajadas, tratar de disimular el rostro enfermo con el que me había levantado.
Salgo, cojo el bus. Me sentí en medio de una caja de sardinas, calor, sudor desagradable. El recorrido lo hace despacito, como deberían ir a veces las noticias, como deberían decirse a veces los abrazos o los no te quiero, los primeros para que duren más y los segundos para que el dolor entre poco a poco casi sin sentirlo, sin darse uno cuenta, como la droga y empezar a sentir sus consecuencias después de unas horas, después de un tiempo. Pero No, la gente en este tiempo habla sin cuidar al otro, se olvidan debido respeto que debemos para con la existencia de nuestros semejantes. Un respeto que no se funda en un deber, sino que nace en lo más denso de aquí adentro que algunos llaman alma, claro, eso nace de una manera casi inexplicable, no sé por qué nací con la maña de cuidar tanto al otro con la palabra, por eso no los juzgo.
Ya es hora de bajarme, camino hacia la universidad, corro, entro al salón y encuentro a mis amigos, esa gente uno se encuentra para aliviar, sanar… yo los confundo, a veces, con los ángeles… rio, me abrazan, me besan, siento cariño, aprecio, vuelve mi sonrisa natural, esa de recién amanecida con la que nací y que desde ese día he cuidado y tratado que no se apague. Sé que cuando vuelva a mi casa, volverá el sueño a apoderarse de mí, volveré a recordar y una que otra lágrima se me escapará, pero por ahora, estaré con ellos.

Una tarde con la Ahuyama
En la cocina, una pared naranja frente a la puerta; en la de al lado, blanca, cuelgan en perfecta sintonía de naranja los instrumentos de plástico para cocinar: espumadera, espátula, cucharón; dos limpiones del mismo color están acomodados sobre la manija del horno. Yo miro ese espectáculo casi, perfecto, ordenado en una sintonía inimaginable, mientras en la mesa, se disponen elegantemente una uyama de un amarillo que combinaba muy bien con el naranja perfecto de la cocina, 3 huevos, 1 taza de harina, 2 cucharadas de azúcar, ½ taza de leche, 1 panelita de mantequilla, 1 cucharadita de polvo de hornear, uvas pasas y canela. Me había dispuesto aprender hacer tortas de auyama, en mi mente había surgido la idea de un negocio, además que, entre mis sueños de infancia, había querido siempre ser una gran pasterela, hacer postres, tortas de todas las formas y sabores, antes que ingeniera, doctora o profesora.

Mi abuela era la mujer perfecta para emprender tan anhelada labor, le digo que se siente al lado mío y que comience a indicarme, ella, con el sentido protector y tierno hacia mí, comienza a dictarme una por una las indicaciones, me dice: Cocine la auyama sin concha y haga un puré, mezcle bien con todos los demás ingredientes (menos el azúcar), coloque en un molde con mantequilla y harina. Espolvoree el azúcar por encima, coloque en el horno y, al estar lista, espolvoree con canela. Se puede servir fría o caliente.
Mientras aprieto, cojo con fuerza, mis manos frágiles sudan, vuelvo y cojo, mis manos se deslizan por entre una mucosidad casi inexplicable, vuelvo, aprieto y sigue este mismo proceso, ese cúmulo de sensaciones que mis manos cada vez más sucias experimentan entre una masa amarillenta. Entre tanto y tanto, mi abuela me dice: eso siga, siga que todavía le falta, y yo cansada, no dejaba de untarme…

Después de sentir esta extraña experiencia, decidí entonces seguirme untando hasta la nariz, sin ningún remedio, sin ninguna educación toda… hasta que mi abuela me dijo: es mejor que la ponga en el molde, ya es hora, está compacta! Yo no entendía muy bien ese término, solo imagino que es un concepto culinario para decir: listo, el pollo! Y con una sonrisa de satisfacción y del deber cumplido, seguí las indicaciones de la abuela, la puse en el horno y esperé al que cuchillo saliera sin ningún residuo.
Así, fue al cabo de tres horas todo estaba listo, la cocina había quedado en su estado normal, mi abuela, ahora, supervisando la lavada de mis manos y de casi toda mi cara que había quedado con la prueba de mi duro trabajo… pasaron unos 45 minutos, yo ansiosa por comerme un pedazo de la torta, no aguanté y eché a mi boca una buena porción caliente, sin saber que después de un tiempo iba a sentir las fuertes consecuencias de un dolor de estómago y que iba a terminar en el baño hasta altas horas de la noche.
UNA NOCHE
La noche se viste de luces, el bullicio retumba en la habitación, se percibe el libertinaje en el ambiente, ella se echa el último vistazo en el espejo, se impregna de fragancia seductora y sale a la calle, no tiene rumbo fijo, está a la expectativa de lo que pueda suceder, de lo que quiere que suceda. Un letrero disfrazado de verde y rosa llama la atención de aquellos que buscan exacerbar sus instintos, de aquellos que ven en este sitio la oportunidad de ser otros, de jugar a inventar personalidades y de hacerlas creíbles ante los ojos de almas desconocidas que se refugian en la sombra y encuentran emociones bajo el calor de unas copas y de una buena canción, mientras tanto, ella pide un trago y observa detenidamente a su alrededor, allí estaba él mirándola presuntuoso y con maliciosa sonrisa, una corriente de nerviosismo hace bombear más fuerte la sangre que corre por sus venas, sin embargo, su tez lucía impávida y bella, finge seguridad e inventa una poseinteresante.

Larga noche ha sido, muchos se han divertido con esta ahogando el estrés del día en el baile y quemando calorías con besos, otros simplemente se sumergen en el alcohol, acosan mujeres y provocan pleitos, pero ellos no se mueven de sus asientos, siguen allí observando todo lo que pasa, mirada va, mirada viene y de repente comparten una sonrisa, sería justicia divina que cruzaran unas palabras, así, llegan las dos de la mañana y sus cuerpos son impulsados al baile por una intrépida y movida canción, él se levanta de su asiento y evidencia su torpeza al tropezar con la demás gente, entre tanto, ella ignora saberlo, se toma el quinto trago de una pechada y sonríe de forma picara para sí misma, tal vez el alcohol ya hacía su efecto. La gente que llenaba el sitio, ahora, se agolpaba en el escenario de baile, los cuerpos se rozan unos a otros, todos juntos forman una sola masa movible.
Al fin, la sonrisa maliciosa llega al asiento de aquella chica, toma impulso para hablar, pero sus primeras palabras son sorprendidas por el tartamudear de sus labios, ella sonríe y le expresa confianza con su mirada, él le corresponde con la suya y pregunta: ¿quieres bailar? Y ella asiente con la cabeza; de forma delicada toman sus manos y lentamente se acoplan a la masa movible, concentran su mirada curiosos y en un suave pero rápido movimiento él posa su mano sobre la cintura de aquella chica que lo había inquietado toda la noche, se mueven al ritmo de la música y toman como excusa los empujones de la gente para pegar sus cuerpos, termina la canción y sin necesidad de hablar se dan a entender que quieren seguir bailando. Una rara magia ronda el lugar y el olor del sudar de los bailarines adecua el escenario de un acalorado pero dulce beso, de pronto, es interrumpido por un fastidioso y cruel ruido, Helena despierta asustada y se da cuenta que el bus ya pasó por dónde ella debía haberse bajado.
La plus belle de l’Alliance
El día anterior me habían recomendado llegar quince minutos antes de que comenzara la clase; yo, haciendo honor a mi responsabilidad, llego a la hora en punto: ni un minuto más ni un minuto menos.
Me acompaña la sensación inquietante en la boca del estómago —ese pequeño ardor que sube, que camina, que molesta… “Gastritis,gastritis”, siempre repite mi madre—, pero es comprensible: nunca he hecho esto. Llevo estudiando tres años y medio —pues sí, pero no; yo no estudio Francés; aunque sí: son varios niveles; pero no: es Español y Literatura—, en fin: je suis nerveux.
—Oiga, no se quede ahí parada; tome la llave, y suba, que son la cuatro, y la doctora la va a regañar.
Esa es Diana, una de las secretarias —son dos— que me saca del estado neutro en que me encuentro. Trabaja hace… no sé, pero hace bastante tiempo. Lo digo porque su hijo tiene diez años, y una vez me contó que cuando la Alianza estaba al frente, en una casa vieja, había un francés… “Olía muy feo; menos mal no estaba embarazada, lo hubiera estado y… me vomito”, esas son sus palabras, y si se atan los cabos, se sacan las cuentas… Sí, hace rato que trabaja acá. Diana es alegra; elle a l’allure sympatique, o sea, se ve buena gente; Diane es blonde, o sea, mona, et frisée, o sea, de cabello rizado… En fin, Diana es joviale.

La Alianza Francesa de Bucaramanga fue creada el 25 de noviembre de 1965, y en general, o sea en el mundo—atendiendo a lo que me cuenta Wikipedia —“nació el 21 de Julio de 1883 en París, por un grupo de célebres hombres, incluyendo el científico Louis Pasteur, el diplomático Ferdinand de Lesseps, los escritores Julio Verne y Ernest Renan y el editor Armand Colin”; la sede principal está en París —cómo no— y para la época en que escribo esto “cuenta con 1,040 centros en 136 países en los cinco continentes” — “¡redondito el negocio!”, dirá el querido lector.
Esta institución —sí, esta, la de Bucaramanga, porque no sé si las otras también—maneja un sistema de educación personalizada muy particular, curiosa, motivadora, agotadora, interesante… y hasta odiada: la tutoría. Las personas —digamos: profesores— que dan estas tutorías, por el gran valor de tres mil cien pesos las cuatro horas, dos veces a la semana, durante un tiempo indefinido son: los tutores. El hecho es que hace tres meses, aproximadamente, la profesora Edga Uribe —la misma de Francés tres, cuatro, Literatura Francófona y ahora Didáctica— de la UIS recomendó a doce estudiantes del curso, para que tuvieran el grande honor de ser tutores… Grandísimo honor que cumplimos actualmente seis primeros —seis restantes lo tendrán a partir de agosto—mínimo dos veces por semana. Yo, por ejemplo: los martes en la tarde y los sábados en la mañana. Valga decir: los tutores, muy de vez en cuando, en caso tal, cuando un profesor se enferma o se le muere la mamá o el hijo o el novio, o tiene que diligenciar un documento para viajar, lo remplazan.
Ya subí las escaleras —eso sí, antes saludé a Alejandra, la queridísima otra secretaria—y entré al baño. Me lavo las manos y hago “chichí”: los nervios dan ganas de hacer “chichí”. Cuando entro al salón —el 205, que es bastante grande—me encuentro con Aura, Gilma, Angélica y Cristina…
Andrea—o Andreíta, como le dicen de cariño todos en la Alianza—, dos días antes, a las seis y diez de la tarde, cuando me pidió que la remplazara, me informó que el grupo era de 15 personas, que era módulo 7, lo que quería decir que debía trabajar con el libro verde, Alter Ego 2, dossier 6 —Alternatives—leçon 1, páginas 92 y 93, en fin: les pronoms indirects y et en, y les marqueurs chronologiques…
La Alianza Francesa de Bucaramanga —sí, otra vez esta, porque de las demás no sé— trabaja con tres libros, o méthodes, como se dice en esta lengua refinada— eso, por su fama: Alter ego 1, el amarillo; Alter ego 2, el verde, y Tout va bien 3, el verdoso-claroso. Esos libros, en general, son fáciles para el maestro —para el aprendiz también—por la manera como proponen el desarrollo de la clase; en fin: pas difficile.
Hago un recorrido rápido a la cara de mi nuevo público —eso porque siempre he tenido delirio de artista—, mientras me dirijo al fondo del salón, donde está le magnétophone, o sea la grabadora, que es lo que más se utiliza acá, para poner les enregistrement, o sea las grabaciones de los ejercicios del libro; percibo un poco de duda—dos horas más tarde, Andrés, mi nuevo amigo, me diría: “Creí que eras un compañero nuevo; ¿la profesora? ¡Jamás! Eres muy joven”—; sí, dudan, no creen que sea madame prof, y me incrementan los nervios… Llego al fondo de la sala, pongo la espalda en el trablero, y saludo: “Bonjour”, “Bonjour”, responden en coro.

— Oye, qué pena, pero: ¿y Andrea, dónde está Andreíta?
Andreíta, mujer joviale, de 35 años, tiene como proyecto para el mes de julio viajar a Francia para cursar una capacitación de profesores de lengua extranjera. A esta hora debe de estar diligenciando algunos documentos, por eso la remplazo.
Por lo que me cuentan estas cinco estudiantes, el resto del grupo no ha venido a causa de las evaluaciones finales… “¿Exámenes finales en abril?” “Ah, pues claro, es que la mayoría son de ingenierías de la UIS.” Esta última es Gilma, y me recuerda a la abuela que nunca he tenido. Tendrá 60 años —no me atrevo a preguntarle—, usa gafas, cabello corto, y tiene una de las sonrisas más amables que he conocida… “Abuelita, la que nunca tuve, me has dado tranquilidad”, pienso. Con esa sonrisa de doña Gilma se han alejado los nervios: moi, je suis tranquile, y comienza la clase…

Que qué es un pronombre, que cuál es su función, que si se acuerdan de los pronombres y et en, que remplazan complementos de lugar, que estos son la misma vaina, pero remplazan objetos indirectos, que es fácil, que por qué no me entienden, que qué no entienden, que en este ejemplo qué pasa, que en este otro qué están remplazando, que no está difícil, que es muy fácil, que me entiendan ¡por favor!... El tema es un poco raro, algo complicado, y en eso se pasan las dos horas. Me parece que Aura, de 19 años, estudiante del Columbia College, de Diseño, fue la que más entendió.
“Y, qué tal, ¿no hubo problemas?” Otra vez estoy en el bureau, o sea: oficina, de Diana, para entregarle la llave del salón, y firmar el recibo donde figura mi salario por dos horas: 26400 pesos. “Oiga, no haga esa cara de boba que eso no es todo lo que se le va a pagar: falta reducir el 10%.” Bueno, pienso, pas mal, mi mejor amigo se levanta a las cuatro de la mañana, se va para la plaza de San Francisco, ayuda a otro gran amigo a mercar en grande, llevan el mercado a la Universidad Santo Tomás, sede sur, termina a las 11:30, y gana 12000 pesos por la jornada.
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